miércoles, 4 de septiembre de 2013

Delirium tremens

Perderte es ver marchar al colectivo con todas esas caras observándote,
mitad risueñas, un cuarto de compasión y otro tanto de impotencia. Me late veloz.
Juzgarte es bendecir a las palomas de tu azotea y deshojar árboles caducos involucrados en un otoño feroz:
¿cuándo dejará de nevar en esta ciudad condal a orillas del desierto de tu mirada?
Mientras barro el barro y me acuesto con Delirium tremens,
pregunto al cocinero de la esquina qué tenemos para hoy
y tiro al cielo la moneda del azar, que no me miente más que para decirme la verdad.

jueves, 15 de agosto de 2013

Esperándote me quedé dormido.
Pasaron diez primaveras y me volví a licenciar,
juré que jamás te olvidaría
y fueron los cristales los que a golpe de estallido fulgurante...

Nevó en mi desierto dunar.
Aparqué en empedrados caminos custodiados por amapolas azules;
dibujé tu llegada y eso era una luna llena, llovizna y muchas caras nuevas.

Esperé que todo se borrara pero la mina era fuerte y dulce.
Me senté a negociar con el olvido.
Vuelta a recordar:
tendré que recortar.

Todo sigue,
ya estás aquí.
Te expulso con miradas y regresas inspirada,
no te fuiste, jamás te irás.

martes, 13 de agosto de 2013

Inercia

Porque yo también le tengo respeto a la velocidad, porque soy jefe y preso de las palabras que me salen y que me explotan en la cara, puedo renunciar a temporadas de huracanes y sacar la sombrilla. Anoche estaba ya amaneciendo y yo, que no recordaba lo que era ver salir el sol, le pregunté sobre lo que le tocaba hacer ese largo y tendido día. Él me dijo que calentar. Yo le respondí a su esperada reciprocidad que verle iluminar. Él me animó a aprovechar su energía, y yo la usé para echar a andar, y ya de ahí para adelante, la inercia.

sábado, 10 de agosto de 2013

Cada vez que me dices que me quieres matar,
yo construyo la lápida, compro las flores;
y recojo el altar.

Cuando lanzas tus espadas tan rápido,
hago másters en agilidad,
desmonto castillos de lágrimas
y aprendo a andar sobre suelos acristalados.

Si es la suerte la que te causa tanto pesar,
yo te compro un poco de azahar,
que se parece al azar,
para que huelan bien tus probabilidades.

Si es la muerte la que te asusta,
no empujes contra mí tu rabia infinita,
pues hay remedios para ver si se te quita,
y nada mejor que reír en vez de sentirte llena de agustia.
No nos sale bien el arte del silencio,
del mal hablar,
de plantar cipreses para luego talarlos, o podarlos.