lunes, 3 de diciembre de 2007

Circo cerrado por falta de sonrisas

Ser payaso del siglo xxi no es siempre tan fácil. Requiere una sonrisa sincera, un agrado hacia los demás, un oído que escuche y un hombro que sirva de sustento para los otros. Además, requiere darte cuenta de las puñaladas traseras, de los coches que no frenarán en los pasos de cebras y de la gran falta de payasos que apoyen a los payasos que apoyan a los demás...aún así...


...siempre faltarían payasos que apoyaren a los payasos que apoyen a los payasos que apoyan a la gente...


La sonrisa del capitán no nos vale.



Que sean felices en su nube de cuatro paredes. Yo (hoy y tal vez mañana) quiero ser el mago Houdini.




En otro orden de cosas (o en otro orden relacionado)...así se despide a un amigo:




TAN SOLOS (por Ariel Rot)


Dani Zamora, el Pato, my friend, ya no tenía problemas de salud. Se había recuperado heroicamente de un cáncer y se sentía orgulloso de su fortaleza física (y sexual) y de haberle ganado la batalla a ese enemigo que se había instalado sin permiso en su cuerpo.El problema de Zamora era otro, exceso de conciencia y lucidez, sensibilidad extrema, incapacidad para el engaño y sobre todo para el autoengaño.Zamora veía el mundo tal cual es, sin anestesia ni cristales deformantes (en quince años nunca lo vi drogarse ni medicarse), un lugar de mierda habitado por zafios, payasos y cretinos; y la vida, un viaje en el que en el mejor de los casos podías morir de una manera rápida y poco dolorosa. Su visión certera y ácida de la realidad asustaba, la visión de uno mismo bajo la mirada de Zamora asustaba, por eso no tenía muchos amigos ni compañeros de viaje. A veces no era cómodo estar con Zamora pero seguramente mucho mas incomodo era ser Zamora.


En los últimos años mantuve una relación intensa con Dani, disfrutaba de sus mails psicotrópicos, sus maravillosas creaciones, libros, cómix, viñetas, canciones, agudos comentarios o simples conversaciones telefónicas. A veces cuando venía a Madrid se quedaba en casa hasta muy tarde, incluso a dormir. Cargaba con su guitarra con cuerdas de nylon (odiaba las de metal) y tocaba de una manera única versiones de Sinatra orquestadas en seis cuerdas por él. Me quedaba embobado escuchándolo y me hacía sentir un niño de pecho al lado de su complejidad armónica y altísimo nivel musical.


Zamora muchas veces se iba, desaparecía, tocaba fondo y volvía con fuerzas para tirar un poco más.


Esta vez no, esta vez no va a volver y para mí desde hace cuatro días el mundo es un lugar más frío, más absurdo, más cabrón y sobre todo más solitario.


Te voy a extrañar mucho, amigo, de verdad, ya sabes que a ti no puedo mentirte.

La gran muralla cochina

1 comentario:

Ada Morgshaw dijo...

Sin duda, el mejor recuerdo es el que hizo Ariel Roth.

Cuantas veces Dani habra pedido una sonrisa, y no la encontró de quien la esperaba.

Los noticieros reflejan su muerte como "El dolor de Calamaro"... y me sorprende.

(una payasa que cerró el circo por falta de sonrisas, como tu)